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martes, 11 de septiembre de 2007

Thoré-Bürger: el hombre que inventó a Vermeer, y 8

Vermeer como figura imaginaria

A partir de Bürger buena parte de la crítica ha seguido su ejemplo de ir elaborando con respecto a Vermeer la figura romántica de un pintor excepcional aunque olvidado, acosado por todo tipo de dificultades, económicas, familiares, sociales, políticas...; la falta de información que se apoyara en documentos es sin duda en buena parte responsable de esta situación, pero ni que decir tiene que esta condición de indocumentado le venía de perlas a la figura del Vermeer maldito. La Holanda barroca es un medio excepcional para la cría de esos genios a contracorriente, en los que se concentran todas las exclusiones y transgresiones: Spinoza es la figura paradigmática, otro mito de la Holanda libre y a la vez represora del Siglo de Oro.

Sobre la escasísima información documental que existe sobre Vermeer (como deja bien el claro el título del libro de referencia de Michael Montias sobre este tema, la abrumadora mayoría de los documentos rescatados de los archivos se refieren a “su medio” no a él directamente), los historiadores del arte han intentado durante casi un siglo y medio “reconstruir” una vida, una trayectoria, unas influencias, un estilo, un maestro, un catálogo, unas relaciones artísticas en un determinado medio, la pertenencia a una escuela... que hicieran del pintor de Delft una personalidad artística catalogable, historiable. La cuestión es que lo que se ha conseguido es construir un tipo ideal que con el tiempo se ha transformado en un mito. No es la primera vez que los historiadores del arte creen rescatar a un gran maestro del olvido (¿puede haber mayor ambición que ésta para un historiador?): pasó con el maestro de Flémalle, hoy conocido como Robert Campin, gran maestro precursor que necesitaban los grandes nombres de la escuela flamenca: Van Eyck, Van der Weyden... Pasó con el no menos enigmático Georges de la Tour, contemporáneo de Vermeer, pero, como el anterior, resucitado para la pintura universal durante el siglo XX.

El mito ha alcanzado tales proporciones que el Vermeer de hoy es una figura mediática, como lo atestigua el hecho de que su mundo ha inspirado novelas que se han convertido en best-sellers, que luego Hollywood ha puesto en la gran pantalla con gran presupuesto y con los actores, a su vez, más mediáticos del momento. Las últimas grandes exposiciones han sido fenómenos de masas; estos acontecimientos se han retroalimentado, el público ha ido a las exposiciones a ver al “pintor de la película.” Vermeer entra así en el olimpo de aquellos artistas cuyas imágenes forman hay parte de la cultura visual de occidente y cuyas vidas trágicas o gozosas en forma de películas, novelas o series de televisión han sido consumidas como ficción por medio mundo, no necesaria ni exclusivamente por personas interesadas en el arte: Caravaggio, Van Gogh, Toulousse-Lautrec, Picasso, Jackson Pollock...

En el año 2003 Peter Webber llevó al cine con Scarlett Johansson como protagonista, la novela de gran éxito comercial de Tracy Chevalier La joven de la perla, donde la autora intenta reconstruir en la ficción la historia, no del cuadro, sino de la bella joven que sirvió de modelo para el retrato pintado por Vermeer. La novela no aporta nada nuevo, como era esperable, a la historia o la crítica vermeeriana, pero sí que resume de alguna forma todas las hipótesis que la crítica ha desarrollado sobre la vida del pintor. Centrándose en la figura de una guapa muchacha contratada por la familia Vermeer como sirvienta nos va mostrando la atmósfera que rodea al pintor, un ser huidizo, reconcentrado, taciturno, volcado plenamente en su tarea, apenas perturbado por las dificultades económicas o familiares que golpean a la familia con excesiva frecuencia. La película se hace eco de la idea según la cual Vermeer retrata su propio cosmos doméstico. Su estudio, su casa, su calle. Las modelos serían su mujer, sus sirvientas o sus hijas; sus muebles, sus tapices, sus mapas, constituirían el mobiliario visible en sus telas; las joyas y los vestidos de su mujer. Sus amigos: van Ruijven o van Leeuwenhoek. Se nos presenta un universo formado por su familia, la multitud de hijos, las sirvientas, la suegra encarnada como “vieja bruja católica”, el patrón van Ruijven, viejo verde prepotente ocupado en preñar sirvientas y modelo de las composiciones festivas. La licencia poética consiste (decimos) en la reconstrucción ficcional del origen del retrato de la muchacha de la perla. Vermeer adopta como ayudante de taller a una sirvienta especialmente sensible y bella, enseña a la muchacha prodigios como el funcionamiento de la cámara oscura (así cubre la película su cupo didáctico), la adiestra en preparar y mezclar los pigmentos, le explica su ciencia, ejemplificada en la técnica de la veladura; finalmente la toma como modelo. Por su supuesto, los celos de la esposa no se hacen esperar, de esta forma el film incorpora la referencia obligada al secretismo y el misterio erótico de las escenas vermeerianas: la esposa atormentada por un marido constantemente encerrado en el estudio con las modelos. Desde el punto de vista de la fotografía (Eduardo Serra, El marido de la peluquera), cada plano del filme es un cuadro de Vermeer o bien de la pintura de género holandesa del siglo XVII. Efectivamente, todas estas reconstrucciones o versiones de un Vermeer posible han sido defendidas por en algún momento por la crítica que ya cuenta más de siglo y medio.

La atmósfera de tensión sexual que incorpora la película tiene su climax en el momento en que Vermeer perfora el lóbulo de la oreja de Griet para colocarle el pendiente de perla con el que la va a retratar. Este hallazgo resume la interpretación contemporánea del Vermeer perverso, pero también es un homenaje del film a esa costumbre de la alegoría suave que constituye la esencia de la pintura de género holandesa. Así, la infidelidad queda significada por el hecho de que los pendientes hayan sido tomados a la mujer del pintor sin su conocimiento y entregados a él por la suegra, una mujer codiciosa que presiona todo lo que puede a su yerno para que termine los encargos y así poderlos cobrar. Es una referencia directa a La alcahueta. La doncella ha sido desflorada.

Ocurrencias aparte, el enigma sobre quién fue Vermeer es insoluble. La esfinge de Bürger, al contrario que la del mito, permanecerá muda para siempre. Aparte de un mito creado para la sociedad de masas por la industria del entretenimiento, estamos ante un mito en el sentido en el que los filólogos se refirieron al hipotético creador de casi todos los mitos de occidente. Vermeer como Homero, es un esquema más que un hombre; un punto de intersección de líneas de fuerza más que una biografía reconstruible. Vermeer es lo que muestran las treinta y tantas pinturas: imposible manifestar mayor variedad en legado más escaso, temas, géneros, técnicas. Por otro lado, hay un sentido en el que Vermeer es un pintor absolutamente falto de originalidad: pintó lo mismo que los doscientos o doscientos cincuenta pintores que en su época alcanzaron cierta notoriedad en el género. Los mismos interiores, las mismas calles, las mismas escenas alegres, el vino, los soldados, las muchachas, los tapices venidos del Turco, el mobiliario español, los mapas a través de los cuales Holanda se enorgullece de sí misma (es un claro símbolo nacionalista) tras la guerra de independencia contra el español intolerante. Las ventanas vidriadas, los suelos ajedrezados, las cortinas corridas, el pan, la leche, los hilos de las encajeras, las cartas, el dinero... ¿Por qué entonces está considerado Vermeer el más grande todos ellos? Es una pregunta que sólo puede responderse a partir de criterios pictóricos, puramente pictóricos. El tópico nos hace hablar de la luz, de la composición... Pienso que esta pregunta puede responderse (no lo vamos a hacer aquí) mirando un cuadro como La callecita; ruelles como ésta se pintaron cientos en la época, pero ninguna como ésta. Al juntar cada cuadro como si de una pieza de puzzle se tratase surge un nombre; Thoré-Bürger lo llamó Proteo y no creo que se le pueda negar razón. Lo que queremos decir es que “Vermeer” se dice de muchas maneras y que muchas son las maneras de ser Vermeer. Es probable que el hombre sea producto de nuestra imaginación como lo es sin duda su biografía, inducida tras ciento cincuenta años de crítica.

domingo, 2 de septiembre de 2007

Thoré-Bürger: el hombre que inventó a Vermeer, 7



El catálogo de Vermeer según Thoré-Bürger

La venta Dissius. El 1696 se ponen a la venta en Ámsterdam más de cien pinturas de grandes maestros, entre ellas veintiuna se atribuyen a Vermeer. Aparte del lugar y la fecha en que se celebró, Thoré no sabía nada acerca de esta subasta: ni la procedencia de los cuadros ni la identidad del propietario ni cómo se había formado la colección... Como sabemos, el crítico llegó a especular con la posibilidad de que se tratase de la venta de la herencia del propio Vermeer; en la actualidad, y gracias a los archivos, se saben con seguridad algunas cosas más. El propietario de la colección era Jacob Dissius, un impresor de Ámsterdam. Éste se había casado años antes con la joven Magdalena, que resultó se la hija de Peter van Ruijven, un conocido coleccionista que figura como relacionado con Vermeer y su familia en algunos documentos y de quién se especula que pudo ser uno de los primeros atesoradores de la obra del de Delft. La muchacha murió en 1682, heredando su marido la imponente colección de pinturas que había reunido su suegro. Es ésta la hipótesis más probable acerca de la formación de la colección Dissius.

Es a partir del catálogo de esta venta que Thoré-Búrguer comienza a elaborar su propio catalogue raisoné, donde suma a las 21 pinturas subastadas, de las que apenas once han podido ser identificadas, considerándose el resto bien obras perdidas, bien atribuciones equivocadas, casi ochenta cuadros más en un verdadero arrebato de entusiasmo.

Vistas urbanas. Para Thoré, Vermeer no tiene igual en la pintura de vistas urbanas. A nosotros, los vermeerianos de hoy, esta afirmación nos parece cuando menos problemática, en tanto que sólo conocemos dos ejemplos de este género en la obra establecida del pintor, La vista de Delft y esa otra vista de la fachada de una casa tomada desde la calle, que se como La callecita. Solución: nuestro crítico le atribuye obras que él no ha pintado. Pone como ejemplo genial del género un cierto Cottage cuyo grabado reproduce en su artículo, la vista de una granja entre árboles, composición que chirría en el seno del plantel vermeeriano y cuyo verdadero autor fue Dirk van Laan, un pintor del siglo XVIII que, entre otras cosas, realizó algunas “versiones” de Vermeer que fueron tomadas por auténticas. Otro ejemplo de la maestría de Vermeer como pintor de calle es una supuesta Ruelle, propiedad del propio Bürger[16], cuya mera descripción la descarta como probable obra vermeeriana: a la izquierda una panadería, con pequeños panes sobre el mostrador; a la derecha, un taller de herrero; después algunas casitas, con una enseña de barbero; un cruce, tres pequeñas figuras; dos hombres y una mujer que porta un gallo; algunos pollos picotean sobre el pavimento. El cuadro es de Jacobus Vrel especializado en escenas callejeras todas muy parecidas. Se trata del clásico error burgüeriano, máxime cuando a continuación elogia La callecita, un cuadro que por su composición, austeridad, tratamiento del espacio, de las texturas, estudio de los matices de luz, juegos de perspectiva, supera en todo a las escenas costumbristas de Vrel.

Escenas de calle ha entrado Bürger como una docena, un par de ellas, (entre ellas la suya) están firmadas como Vermeer, así como L’interior de béguinage que reproduce en el frontispicio de su primer artículo y que supone otro error de atribución. Cómo llegaron esos cuadros a ostentar la firma de Vermeer es otro problema con el que nos encontramos. Nuestra opinión es que el autor verdadero de algunas estas piezas podría ser Van der Heyden o, tal vez, el propio Vrel.

Los paisajes. De la investigación de monsieur Thoré se deduce que los mercados de arte europeos rebosaban de obras que ostentaban falsamente la firma de Vermeer. El análisis de esas firmas ocupa un buen trecho de su artículo. En el caso de los paisajes tenemos varios ejemplos. Tomando la firma de La vista de Delf (hoy se sabe que es falsa) como modelo con la que comparar las firmas dudosas, señala los siguientes cuadros como auténticos. El Cottage de Dirk van Laan, Las dunas de Vermeer de Haarlem mencionadas más arriba, varios paisajes más de Ruysdael o Konink. El extraño criterio de Bürger da por auténticas y del mismo autor una cantidad de firmas que difieren enormemente entre ellas.

Thoré afirma tener la mala costumbre de juntar pasión y escepticismo; sus conclusiones muestran estar fundamentalmente motivadas por la pasión, algún tipo de pasión. Vermeer es un autor proteico, nos dice: pocos cuadros, estilos dispares, géneros, temas variados. Esta variedad es visible en los cuadros sólidamente atribuidos: La lechera, La callecita, Vista de Delft, Muchacha al virginal, La alcahueta. Aquí acierta por fin, pero su pasión desatada le empuja a tomar esta riqueza estilística como justificación para atribuir a Vermeer decenas de cuadros sin criterio suficiente para ello. El último artículo de la Gazette lo integra el catálogo “reconstruido” del de Delft, casi una centena de obras.

Últimas curiosidades. Thoré dice haber encontrado dos dibujos de Vermeer. El primero, nada más y nada menos que el que habría servido de estudio para La vista de Delft, algo que hubiese resultado verdaderamente revolucionario para conocer la técnica del pintor. El segundo, un dibujo del natural de una joven sentada. ¿Cual es el origen de estas noticias? Los catálogos de subasta, como es lógico. Los dibujos fueron vendidos en dos ventas diferentes en Ámsterdam en 1833. El primer dibujo fue puesto a la venta de nuevo en 1866 (recordamos, el año en curso de la publicación del texto de Bürger), ¿daría su opinión de experto nuestro hombre en su tasación?

También han aparecido por obra de la encuesta detectivesca de Thoré algunas piezas de la célebre cerámica azul de Delft con diseño de Vermeer. No se trata de que ningún taller ceramista haya fabricado estos azulejos a partir de imágenes suyas, sino que él mismo habría pintado de su puño y letra estas placas a partir dibujos o pinturas suyas.

Un catálogo de 1783 consigna un cuadro (del estilo de Netscher) de una tal “Catrina Vermeer”, la sorpresa de Thoré no es pequeña, teniendo en cuenta que no dispone de ningún dato sobre la familia Vermeer. Catharina Bolnes era la mujer del pintor, su madre, una mujer adinerada, poseía una notable colección de pintura (Vermeer pintó algunos de estos cuadros dentro de sus cuadros). Si duda se trata de una confusión, alguien tomó a la propietaria por la autora.




[16] No pretendemos sospechar mala fe en Thoré-Bürger, pero tampoco podemos ignorar que se ganaba la vida en parte como marchante y perito en arte, que tenía su propia colección de vermeers y que un vrel atribuido a Vermeer subía considerablemente su precio en el mercado. Trataremos este tema con más extensión una vez revisada la correspondencia del crítico francés en un artículo futuro. ¿Influyó esta circunstancia en su catalogación de la obra del de Delft?

miércoles, 15 de agosto de 2007

Thoré-Bürger: el hombre que inventó a Vermeer, 6

La obra de Vermeer según Thoré-Bürger

Comienza Thoré-Bürger el repaso de la obra de Vermeer enumerando los géneros frecuentados por el pintor: escenas familiares y de costumbres, vistas urbanas, calles y paisajes. Independientemente de que la adscripción de Vermeer a algunos de estos géneros sea producto de falsas atribuciones, en síntesis, se trata de los géneros y los temas frecuentados por todos los pintores holandeses del siglo XVII, ¿qué es lo que hace, pues, del maestro de Delft un pintor especial, por encima de la mayoría de sus contemporáneos? Refiriéndose a sus cuadros con figuras, Thoré los coloca al lado de los de Metsu, Terborch, De Hooch y Jan Steen. Sin embargo, para nuestro crítico Vermeer tiene más acento que Metsu, trabaja mejor la fisonomía que Terborch, tiene mayor distinción que Jan Steen y sus cuadros producen mayor extrañamiento que los que De Hooch.

A continuación nos habla de la afición de Vermeer por pintar figuras solas, enumera los cuadros que conoce y se detiene como ejemplo en la descripción de una Sirvienta dormida cuyo grabado reproduce: «[...] la figura de la mujer está entera, sentada en una silla, en mitad de la cocina, no lejos del fuego. Extraordinariamente, el interior es bastante sombrío, una débil luz resbala desde una lámpara en lo alto. Gran cantidad de cacharros que recuerdan un poco a Kalf. La sirvienta, en camisola roja, delantal blanco y falda azul, casi nos recuerda a Brekelenkam.» Por aquí comienza Thoré su esbozo de interpretación de las figuras vermeerianas aunque, desafortunadamente, como puede comprender el lector tras leer la descripción de la escena, se trata de una de sus muchas atribuciones erróneas[15]. Sin embargo, casi todas sus apreciaciones tendrán una extraordinaria fortuna crítica y serán repetidas por los estudiosos casi hasta nuestros días.

Destaca en primer lugar la justeza de pose y expresión en las figuras, se trata de personajes volcados en lo que hacen, casi ensimismados: las lectoras de cartas, la encajera, las mujeres que tocan instrumentos... gestos como los de la joven que anuda su collar de perlas frente al espejo, o la muchachita que sonríe junto al soldado, son fragmentos de la vida misma para Thoré. En la expresión de los rostros se adivinan las preocupaciones que embargan a estas figuras, las cartas que anuncian la partida del amor, las señoras que dan precisas instrucciones a las sirvientas sobre el destinatario de la nota que tienen que transportar... El sentido de las escenas es a menudo asistido por los objetos representados en la tela, característica frecuente en la escuela holandesa. En la Joven enferma de Jan Steen vemos detrás de ella un Rapto de las sabinas, lo que puede llevarnos a fantasear con que la joven está enferma de amor y en el cuadro dentro del cuadro se revela su propia ensoñación erótica: “felices sabinas raptadas por los valerosos romanos...” Al Fondo de La pesadora de perlas, Vermeer coloca un Juicio final que puede dar a la composición un cierto tono alegórico, quizá hacernos entender la escena como una cierta manifestación de la vanidad: ¿qué podrán las riquezas frente al Juicio Final? El cupido sobre la Muchacha que toca el clavecín, nos traduce una expresión de cierta inquietud por la impaciencia frente al amor... Son estas algunas breves notas sobre el sentido de los temas y de las escenas vermeerianas, tómese cualquier manual actual al uso y se verá que, en lo que respecta a la interpretación, Vermeer sigue siendo tratado de forma muy similar por los estudiosos contemporáneos.

“Todo ello sin ninguna pretensión emblemática”. Es esta una de las claves interpretativas de la obra de Vermeer que más ha hecho fortuna y que, según lo que sabemos, fue Thoré-Bürger el primero en establecer. En nuestro anterior ensayo sobre Vermeer y Proust ya tratamos con cierta extensión el fenómeno de cómo el de Deflt se aparta radicalmente de la escena de género moralizada, plagada de elementos simbólicos y alegóricos muy frecuente en otros pintores de su tiempo que obedecen a una determinada ética burguesa. Para Thoré los pequeños restos alegóricos no aportan nada esencial al sentido de la escena, que queda patente por la expresión misma de los personajes.

Los mapas. Como bien se sabe, las grandes cartas geográficas posadas en los muros de las casas de las escenas de interior son un objeto recurrente en la pintura holandesa, en la actualidad seis de las treinta y seis pinturas atribuidas a Vermeer contienen entre sus elementos decorativos uno de estos mapas. ¿Qué significan? Thoré no sabe a qué atribuir esta “manía cartográfica” de sus amados holandeses. Nos relata cómo los mapas son un objeto frecuente en las casas holandesas y nos dice, con una de sus frases felices, que ello no es nada raro teniendo en cuenta que Holanda ha tenido una “existencia cósmica”, siendo un país volcado enteramente hacia sus colonias a las que debe buena parte de su prosperidad. No hay joven o viejo, sea de la clase que sea, que no haya viajado por sus colonias y que no esté familiarizado con la geografía del universo. Puede que Vermeer simplemente encontrara que quedaban bien contra las claras paredes, o tal vez albergara el deseo de “voir la coleur du temps au Japon et Java”.

La luz. Definitivamente, lo que hace que debamos considerar a Vermeer como un genio entre sus contemporáneos es su forma de pintar la luz, ningún otro maestro holandés se le asemeja en esta habilidad. Su técnica se aparta completamente de los contrastes de luz y de sombra clásicos de los tenebristas como Caravaggio o Ribera. Al contrario que en Rembrandt (para Thoré el gran maestro de la luz, junto a Velázquez), que juega con la luz de acuerdo con su capricho de artista, que gusta de dominarla, de concentrarla en un punto significativo, en Vermeer la luz sigue los cánones de la naturaleza física: «El rayo que penetra por el extremo del cuadro atraviesa el espacio hasta el otro extremo. La luz parece venir de la pintura misma, y los espectadores ingenuos se imaginan que la luz resbala entre la tela y el marco». Thoré destaca la ausencia de oscuridad, la claridad se expande por toda la escena, tan sólo cada objeto ajusta su penumbra y mezcla sus reflejos con los rayos cambiantes. Gracias a esta exactitud de la luz consigue Vermeer la armonía de su paleta. De la misma manera que en la naturaleza, en sus cuadros los colores antipáticos como el amarillo y el azul, que tanto utiliza, no llegan a distorsionar. «El brillo, la energía, la finura, la variedad, lo imprevisto, lo extravagante, un no se qué de raro y atrayente, él tiene todos los dones de los coloristas audaces, para quienes la luz es una magia inagotable».




[15] Como él mismo apunta más abajo al analizar la luz vermeriana, el de Delft nunca pintó escenas con luz artificial. No he localizado el cuadro al que se refiere, pero el mismo Bürger nos da la pista sobre su posible autor, tiene toda la pinta de ser un Brekelenkam. He visto varias telas suyas sobre el mismo tema, la misma luz, la misma oscuridad.

viernes, 10 de agosto de 2007

Thoré-Bürger: el hombre que inventó a Vermeer, 5

Apenas dos o tres datos más. El resto de lo que Thoré-Bürger ha averiguado es tan escaso que ni siquiera alcanza para conocer la fecha aproximada de la muerte de Vermeer. Lo que nos transmite es que en 1661 era síndico de la cofradía de san Lucas, según consta en los archivos de la institución[11]. El 11 de agosto de 1663 se produce la visita del diplomático Moncoys, tal y como éste reflejó en su diario, que un hijo suyo publicaría 13 años más tarde.[12] Ya conocemos bien la anécdota ocurrida: sólo el panadero de Vermeer dispone en ese momento de obras a la venta, pero su precio es estimado como demasiado elevado por el gentilhombre francés.

Después de esas fechas ya no hay mas datos documentales sobre la vida de Vermeer en la reconstrucción de Thoré, sólo recoge lo que indicaba Dirck van Bleyswijck en su Beschryvinge der Stadt Delft (Descripción de la Villa de Delft): que en el momento de la publicación del texto (1668) nuestro hombre aun vive allí.

Una conjetura sobre la fecha de la muerte. Tomando como referencia a otros entendidos de la época, Thoré considera la posibilidad de que cierta venta o subasta de cuadros ocurrida en Ámsterdam en 1696 fuese la venta de liquidación del patrimonio de Vermeer, con lo que el momento de la muerte se situaría en torno a esa fecha. ¿Qué tiene de particular el documento de esta venta para hacernos pensar que se trata de obras vendidas por sus herederos? Es una lista o catálogo de 134 pinturas de todas las escuelas europeas y sus primeras 21 referencias son cuadros de Vermeer. Por lo demás, es todo un pequeño museo de primeras figuras: Rembrandt, Terborch, van Ruysdael, Aelst, Jordaens, Bruegel, Tiziano, Tintoretto, Ribera... La objeción fundamental (que Thoré tiene en cuenta) para rechazar esta hipótesis es que entre esas 21 pinturas que supuestamente Vermeer habría conservado hasta su muerte, figuran algunas de las que ya había vendido cuando Moncoys le visitó en 1663, La lechera, por ejemplo. Así pues, este documento que hoy conocemos como el de la “venta Dissius”, no despeja para nuestro intrépido crítico incógnita alguna sobre la fecha real de la muerte de Vermeer, aunque será la que adopte a modo de hipótesis provisional.

A la luz de tan pobres resultados tenemos que empezar a sospechar que la investigación de Thoré-Bürger no fue tan exhaustiva ni tan audaz como él mismo nos quiere hacer creer. Queda claro, por ejemplo, que jamás consultó un archivo: nunca estuvo en los archivos de Delft, se limitó a pedir por carta al archivero que por favor le comunicara si existía algún documento relativo a un tal Jan van der Meer, pintor; el hombre, que, como es normal, debía estar bastante agobiado de trabajo, le escribió a vuelta de correo que no constaba documento alguno relativo a ese sujeto en los archivos que gestionaba. Tampoco visitó los archivos parroquiales de donde años después fueron rescatas las partidas de bautismo y entierro de Vermeer y buena parte de su familia. Parece como si jamás hubiera visitado la Iglesia Nueva de Delft donde se puede contemplar su lápida: “Johannes Vermeer 1632-1675”[13].

Los escasos datos que aporta Thoré son siempre de segunda mano, en tanto que sus fuentes son los repertorios históricos citados más arriba, cuyas informaciones toma con cautela pero nunca las cuestiona o critica, para ello hubiera necesitado documentos de primera mano; así, la fecha del nacimiento de Vermeer la recoge de Bleyswijck y el documento de la venta de 1696 lo cita a partir de Gerard Hoet quien recopiló en tres volúmenes los catálogos de venta de pintura holandesa entre fines del siglo XVII y mediados del XVIII[14].




[11] Thoré no conoce esos archivos porque, según nos cuenta, habían desaparecido del Ayuntamiento de Delft y se encontraban en manos de un particular, un “curieux”.

[12] «À Delphes (sic) je vis le peintre Vernier, qui n’avot point de ses ouurages: mais nous en vismes un chez un boulanger, qu’on avoit payé six cent livres, quoyqu’il n’y eust qu’une figure, que j’aurois creu payer de six pistoles.» (Journal des voyages de M. Monconys, Lyon, 1676, p.149.)

[13] Otro puzzle a resolver: Vermeer no fue enterrado en la Iglesia Nueva, sino en la Iglesia Vieja de Delft; ignoro cuando se realizó el traslado, tampoco sé si lo que se trasladó fue tan sólo la lápida o también los restos del pintor, tampoco sé decir si la lápida es de colocación reciente, con lo que Thoré no pudo haberla visitado o si, por el contrario, se encontraba ya en su actual sitio cuando el critico se estaba exiliado en los Países Bajos. Sólo puedo decir, a juzgar por una fotografía, que su aspecto es viejo y gastado.

[14] Procedente de una familia de artistas, pintor él también además de marchante de arte, su padre, Gerard Hoet el Viejo es conocido por sus composiciones académicas de temas históricos y mitológicos.

jueves, 2 de agosto de 2007

Thoré-Bürger: el hombre que inventó a Vermeer, 4

El retrato de Vermeer según Thoré

Los cuatro Jan van der Meer. En la época en que Vermeer florece como pintor (mediados del siglo XVII) hay otros tres artistas con nombres y apellidos idénticos ejerciendo su actividad en Holanda al mismo tiempo. Esta es una de las primeras fuentes de confusión tanto en la atribución de sus obras, como a la hora de otorgarle una biografía; en efecto, no pocos cuadros de los otros tres fueron adjudicadas al de Delft, haciéndole destacar en géneros completamente ajenos a su actividad artística; por otro lado, y como era de prever ante la desesperante falta de documentos acerca de la vida de Vermeer, no poco jirones de las vidas de sus otros tres colegas homónimos fueron encajados en su historia personal. Fue Thoré el primero en intentar deshacer el rompecabezas de estos cuatro Jan van der Meer como paso previo necesario para restituirle una personalidad propia a su esfinge.

El primero de los tres es Jan van der Meer de Utrech, nacido en Schoonhaven[10]. Viajó a Roma en donde vivió dos años. No tenía necesidad de pintar para el mercado, puesto que su padre era rico. De vuelta a Utrecht se casó con una rica viuda que poseía una fábrica de albayalde. En 1661 era síndico del gremio de pintores de su ciudad. En 1672 se queda arruinado a causa de la invasión por las tropas francesas, suceso que también afectó gravemente a la economía de nuestro Vermeer. En 1682 obtuvo el cargo de controlador de comboyes y licencias de navegación. Siendo regente del Orfanato pintó un retrato de grupo donde se representa a sí mismo junto al resto de personalidades que se encontraban a cargo de la institución benéfica. Se tiene noticia de que pintó un autorretrato que Thoré considera perdido en el momento en que publica su artículo. Actualmente se exhibe una tela suya en el Museo del Louvre.

Otro pintor de idéntico nombre es Jan van der Meer de Harlem. Se le llama el joven para distinguirlo de su padre, el paisajista, llamado naturalmente el viejo. Nació en Haarlem hacia 1650. Fue recibido como maestro en el gremio de dicha ciudad el 3 de agosto de 1683. Thoré dice conocer abundantes cuadros y dibujos suyos firmados y fechados, también menciona algunos aguafuertes datados en 1685. El juicio de nuestro crítico acerca de su pintura no es demasiado entusiasta: «Triste pintor, por lo demás, y uno de lo más flojos entre los seguidores de Berchem. Su dibujo es inconsistente, su color es azulado sobre una gama gris monótona. Sus paisajes con animales, borregos frecuentemente, no alcanzaron precios muy altos en las ventas del siglo XVIII en Holanda.» En el Museo Thyssen se conserva un paisaje suyo muy parecido (mismo lugar, distinto punto de vista) a otro de su padre que se muestra en el Louvre.

Jan van der Meer de Haarlem el Viejo es un conocido paisajista, padre del anterior, como ya se ha dicho. Van Gool lo llama “el bravo paisajista”. Según Thoré su nombre y el de Vermeer de Delft fueron confundidos en numerosas ventas a lo largo de siglo XVIII, originando los consabidos problemas de atribución. El Louvre tiene el paisaje suyo mencionado hace un momento.

Discípulo de Rembrandt. Vermeer tenía como maestro a Carel Fabritius que habría sido discípulo de Rembrandt. Cuando aquél murió víctima de la explosión del polvorín de Deltf (junto a toda su familia, mientras pintaba en su estudio el retrato de un notable, según testimonios) en 1654 y quedando nuestro autor huérfano de maestro, decidió marchar a Ámsterdam para estudiar junto al hombre que había enseñado todo lo que sabía de pintura a su propio mentor. Thoré-Bürger no dispone, como es de esperar, de un sólo documento ni testimonio ni dato que atestigüe esta filiación rembranesca de Vermeer; sus conclusiones se basan en conjeturas sobre afinidades de estilo que observa en la obra temprana del de Delft y también en el parecido estilístico entre éste y otros pintores cuya proximidad a Rembrandt está más a menos demostrada. Analizando los estilemas y las técnicas del autor de la Ronda de Noche en La Alcahueta, concluye, nada menos, que la obra debió ser pintada en su taller de Ámsterdam. Para reforzar su argumento nos recuerda que La lectora tuvo atribución rembrandtiana durante casi toda su historia.

Seguidamente se refiere a tres pintores que tienen bastantes cosas en común con Vermeer, a los cuales considera discípulos de Rembrandt: Nicolas Maes, Pieter de Hooch y Gabriel Metsu. De esta forma los imagina a los tres como condiscípulos pintando en el taller de aquél. Lo cierto es que en la pintura de Maes encontramos casi todos los motivos que se encuentran en la de Vermeer (lo que tampoco tiene nada de extraordinario, casi todos los pintores holandeses de la época pintaban lo mismo): una lechera, una lectora, una encajera, una mujer tocando el virginal... En cuando a De Hooch, el parecido llama la atención incluso para la sensibilidad actual, además Bürger conocía muy bien, de primera mano en algunos casos, las confusiones y equívocos que habían llevado a atribuir a De Hooch obras de Vermeer y viceversa. Él mismo expresa en su artículo la tentación de adjudicar a éste La muchacha bebiendo con dos hombres de aquél. A continuación enumera tres Vermeer tradicionalmente atribuidos De Hooch: El arte de la pintura, La lectora y Soldado y muchacha que ríe.

Cerrando la triada tenemos a Metsu, quizá el más cercano estilísticamente. Por tanto, las conclusiones de Thoré-Bürger sobre el período de formación de Vermeer son: que estudió con Fabritius en su ciudad natal hasta 1654, que posteriormente estudió con Rembrandt en Ámsterdam dos años más hasta la bancarrota de éste; que allí tuvo como condiscípulos a Maes, De Hooch y Metsu y que de está época y con un estilo netamente rembrandtiano datan los siguientes cuadros: La alcahueta, El geógrafo (hipotética imitación del Faustus de Rembrandt), La lechera y Soldado y joven que ríe.

Actualmente, la crítica sostiene de forma unánime que Vermeer nunca trabajó fuera de Delft, tan sólo está documentado un breve desplazamiento a La Haya en 1672, a donde fue convocado como experto para dar su opinión sobre doce pinturas italianas (la conclusión del informe fue que las pinturas no tenían valor alguno). También se sabe que ni De Hooch ni Metsu tuvieron relación alguna directa con Rembrandt, no así Fabritius y Maes que sí fueron discípulos suyos. En conclusión, lo que se puede decir seguro es bien poco, la falta de documentos sigue siendo hoy casi tan determinante como en la época de Bürger, sólo algunos datos proporcionados por los archivos permiten que la mera especulación intuitiva alcance el grado de conjetura probable. Es probable que Vermeer aprendiera pintura con Fabritius en su ciudad natal, de manera que si algo recibió del magisterio de Rembrandt fue a través de aquél; por otra parte, habiendo desarrollado Pieter de Hooch lo sustancial de su carrera en Delft, podríamos admitir algún tipo de influencia mutua.




[10] Nótese que los datos recopilados por Thoré-Bürger no son totalmente fiables a los ojos del lector actual.

jueves, 26 de julio de 2007

Thoré-Bürger: el hombre que inventó a Vermeer, 3



El reencuentro con la Esfinge

“En el museo de La Haya, un paisaje soberbio y muy singular cautiva a todos los visitantes e impresiona vivamente a los artistas y entendidos en pintura. Es la vista de una ciudad, con un muelle, una antigua puerta en arcada, edificios de muy variada arquitectura, muros de jardines, árboles..., delante, un canal, una lengua de tierra y algunas figuras humanas. El cielo gris plateado y el tono del agua nos remiten en cierta medida a Philip Koninck. El brillo de la luz, la intensidad del color, la solidez de los empastes en ciertas partes, la sensación de un realismo muy original, también tienen algo de Rembrandt.” Este es el muy citado principio del primer artículo de Thoré-Bürger acerca de Vermeer de Delft.[7] Corría el año 1842 cuando nuestro crítico y aventurero se encuentra por primera vez frente a frente con La vista de Delft. Se trata de unos de los pocos cuadros del maestro cuya atribución y autoría se halla documentalmente atestiguada desde su muerte; aun así, es un total desconocido para Bürger en esos momentos, de manera que, tras consultar en el Catálogo de la Galería Real de La Haya el nombre del autor de la que considera una auténtica obra maestra, no puede sino preguntarse cómo es posible que un autor cuyo genio es comparable al del propio Rembrandt, sea un perfecto desconocido. De esta forma, lo que empieza siendo una cuestión personal y pasional de un singular amante de la pintura holandesa, llegará a transformarse es uno de los problemas fundamentales de la historia del arte europeo moderno, aun hoy, según mi opinión, lejos de su solución.

En los años siguientes, entre 1842 y 1848, Thoré, aun no ha cambiado su nombre, de regreso en Holanda, visita la galería privada del señor Six van Hillegom, que expone, entre otras joyas, el retrato de su bisabuelo Jan Six, pintado por Rembrandt en 1654. Allí tiene ocasión de contemplar por vez primera otras dos chef d’ouvre del misterioso pintor (son palabras suyas), La callejuela y La Lechera; allí se pregunta una vez más cómo es posible que no se sepa nada de uno de los primeros maestros de la Escuela Holandesa, un artista que iguala, si no supera, a De Hooch o Metsu.

Finalmente, en 1848 la revolución ha fracasado, a Thoré le esperan la condena y la persecución como protagonista del levantamiento insurgente; el golpe de estado de Luis Bonaparte y la proclamación del Segundo Imperio los ve desde el exilio en Bruselas, que será su centro de operaciones durante los próximos diez años: «Poco después, habiéndome convertido por la fuerza en un extranjero y en cosmopolita por instinto y viviendo alternativamente en Inglaterra, Alemania, Bélgica, Holanda... pude estudiar los museos de Europa, recoger testimonios, leer libros sobre arte en todas las lenguas, así como investigar y desvelar un tanto la historia todavía confusa de las escuelas del Norte, sobre todo de la Escuela holandesa, de Rembrandt y de su entorno, y de mi “esfinge” van der Meer.» Identificado con el híbrido de la mitología no sólo por constituir un enigma en sí mismo, sino también por tratarse de un “pintor terrible”[8]. La etimología de esfinge, es “estrangulador”, una criatura mezcla de león y mujer que vigila y guarda un espacio, un secreto. En la tragedia de Sófocles, Edipo se salva de ser estrangulado por la esfinge gracias a que acierta a responder al enigma propuesto por ésta; simbólicamente, es a partir de ese momento que Edipo comienza a acercase a su propia y terrible verdad. Asumiendo a Vermeer como “su” esfinge, Thoré parece identificarse con el personaje de Edipo. Desvelar su misterio o ser arrastrado por su fuerza, ganar su propia verdad, aquí el crítico parece recoger el testigo del revolucionario que nunca ha dejado de ser, la búsqueda de Thoré se convierte en una pasión vital[9].



[7] La traducción es mía. También todas las citas que siguen de los artículos de la Gazette.

[8] «-- voilà que je retrouvai encore deux peintures extraordinaires. une Servante qui verse du lait et la Façade de une maison hollandaise, -- par Jan van der Meer de Delft! Le terrible peintre!»

[9] La escena de Edipo frente a la esfinge es un motivo recurrente en la pintura francesa decimonónica, los dos cuadros más celebrados son, por un lado, el que pintó Ingress en 1808 y, por otro, la tela de Moreau, que fue expuesta en el Salón de 1864 y fue todo un éxito, ganando una de las medallas. Esto ocurre exactamente dos años antes de que Thoré-Bürger publique su estudio sobre Vermeer; lo más probable es que Thoré-Bürger visitara el Salón, aunque no he encontrado referencias de reseñas o críticas en prensa; también es posible que Moreau no le interesara demasiado. Según la ficha del Metropolitan Museum of Art donde se exhibe en la actualidad, el cuadro fue comprado por el Emperador.

domingo, 8 de julio de 2007

Thoré-Bürger: el hombre que inventó a Vermeer, 2

Pasos perdidos y alguna huella borrada

Hay dos variables que tienen sin duda su influencia en la desaparición de Vermeer: 1) la, en comparación con otros pintores, escasísima cantidad de cuadros que dejó y 2) lo parco de los testimonios acerca de su existencia y su obra que se nos han transmitido tanto en vida del artista como una vez muerto, antes de su resurrección por la crítica en el siglo XIX. Se puede afirmar con rotundidad que la recepción de la obra de Vermeer en el arte y la sociedad europeas no comienza hasta después de 1870, doscientos años justos después de su muerte.

Discutir las causas del olvido de Vermeer como pintor es un trabajo que excede el propósito de este ensayo y que, por tanto, voy a reservar para otro momento y otro contexto, pero calibrar el mérito de la hazaña de Thoré-Bürger reclama que contrastemos su gesta con algunos de los hitos del olvido de nuestro pintor...

En 1657 un marchante de cuadros de Ámsterdam, Johannes de Renialme, menciona una obra hoy desconocida, Mujeres en el sepulcro. Es de suponer que se trataba de una tela pintada a la manera italiana en la línea de las primeras conservadas de Vermeer, como Cristo en casa de marta y María y la Santa Práxedes. En 1663 el diplomático Balthasar de Moncoys se desplaza a Delft con la intención de comprar un Vermeer, pero en ese momento el maestro no dispone de ninguna obra para vender, por lo que se dirige a su panadero Hendryck van Buyten[3] que le ofrece una obra de una sola figura (hoy no sabemos de cual se trata) al precio de 600 libras, el diplomático encuentra la tela demasiado cara y desiste de su propósito. Puede que nos hagamos una idea de la cotización de los cuadros de Vermeer mientras vive, si observamos que por la época un Frans Mieris el Viejo (artista que sobrevivirá a Vermeer seis años) cuesta el doble de esa cifra. Por otro lado, en el testamento de Johan Larson (1620-1664), un miembro del círculo de Huygens, el célebre polígrafo amigo de Veermer, se menciona una obra nuestro pintor, una “cabeza de carácter”.

En el año 1667 se publica la Descripción de la villa de Delft por Dirck van Bleyswyck, allí se cita un poema de Arnold Bon, una lamentación por la muerte de Carel Fabritius, ocurrida durante la explosión del polvorín de la ciudad en 1654: “Pero felizmente ha surgido de sus cenizas / Vermeer que puede rivalizar con él”. Fabritius era considerado por muchos el más grande artista de la ciudad, es de creer que si se estimaba a Vermeer como un justo sucesor suyo, su figura y su obra debían de gozar de una cierta devoción.

«No tener ni un sólo cuadro en su taller, vender sus obras a buen precio, ser visitado por los extranjeros, honrado con la confianza de sus colegas artistas, cantado por los poetas, registrado por los historiadores, si todo esto no es notoriedad, más aún, la celebridad misma, me pregunto qué puede ser sino. Parece entonces que con semejantes cartas en juego uno puede estar seguro de pasar a la posteridad. Pues no. — A penas Vermeer muere, su rostro se pierde, su nombre se olvida, su obra se dispersa. Fueron necesarios apenas veinte años para que esta reputación, en apariencia bien asentada, se evaporara completamente.» De esta forma sintetiza la situación de Vermeer el crítico francés Henry Havard en 1883 en la Gazette des Beaux Arts[4].

No mucho más se sabe sobre la recepción de la obra de Vermeer en vida, a partir de este momento su sombra parece dar pasos decididos hacia el olvido, el anonimato, la suplantación. Entre los años 1711 y 1718 Arnold Houbraken publica Groote Schonburg un repertorio sobre el arte holandés del XVII que se convertirá en texto de referencia. Allí se habla de los pintores del Delft, de su escuela, de Fabritius; se cita el poema de Arnold Bon... Pero ni una mención a Vermeer, incluso el verso que lo nombraba feliz heredero del trono pictórico de la ciudad de la cerámica azul ha sido borrado y no alcanzamos a imaginar por qué. Houbraken tampoco se refiere el documento de la venta Disius de 1696, una suerte de catálogo de subasta por el que los herederos del mayor coleccionista de obras de Vermeer de su tiempo se desprenden de veintiuna pinturas del maestro, algunas de las cuales nunca han salido a la luz desde entonces, considerándose hoy perdidas para siempre. El documento de la venta Disius tendrá una importancia capital siglo y medio más tarde por ser el único pilar sobre el que Thoré-Bürguer podrá levantar la memoria de la obra y la figura de Vermeer. Lo mismo ocurre con la De Levensbeschryvingen der nederlandsche Kuntschilders. La Haya, 1729, de Campo Weyermann; item con la De Nieuwe Schonburg der nederlantsche Kuntschilders. La Haya, 1754, de Van Goll; no hoy rastro de Vermeer en ellas.

Tampoco es mencionado en Francia (excepción hecha del curioso documento que reseñamos más abajo): ni De Camps en La Vie des peintres flamands et hollandais. Paris, 1753, ni De Piles en OEuvres diverses de M. de Piles, de l'Académie royale de peinture et de sculpture. Tome Ier, contenant l'abrégé de la vie des peintres avec des réflexions sur leurs ouvrages. Paris, 1767, tampoco en el anónimo Anecdotes des Beaux-Arts. Paris, 1776.

Ni siquiera en Alemania, no existe para Fiorillo: Geschichte der zeichnenden Kunste in Deutschland und den vereinigten Niederlander, Hannover, 1818; ni para Fusslin: Hans Rudolph Fusslins kritisches verzeichniss. Zurich, 1816.

La conjura de los siglos contra el nombre de Vermeer no ha hecho más que bajar el telón de su primer acto. En el mes de julio de 1727 aparece en el Mercure de France un texto extraordinario firmado por un tal Dezallier d’Argenville, Lettre sur le choix et l’arrangement d’un cabinet curieux. Este señor era secretario del Rey de Francia, era especialista en jardines, era conoisseur y amateur des arts, poseía un gabinete de maravillas, fue autor de más de seiscientos artículos de la Encyclopédie ou Dictionnaire raisonné des sciences, des arts et des métiers de Diderot y D’Alembert. En 1709 publica la primera edición de La theorie et la pratique du jardinage, un libro inmensamente influyente en la materia, traducido rápidamente a todas las lenguas europeas, donde quedan establecidos los pilares fundamentales del ajardinamiento clásico francés, le jardin raissoné. Aficionado a la historia natural, publicó tratados sobre conchas y minerales (dos elementos imprescindibles en un gabinete de curiosidades). Los artículos de la Encyclopédie, versan en su mayoría sobre jardinería e hidráulica. Pero entre 1745-1752 publica un Breviario sobre las vidas de los más famosos pintores (la edición corregida y aumentada, en cuatro volúmenes es de 1762) que, lamentablemente no hemos podido consultar y nos quedamos sin saber si allá se menciona a Vermeer o no.

La Carta de 1725 sobre el Gabinete de Curiosidades es un texto fascinante. En ella se explican no sólo qué objetos debe contener una de estas cámaras, sino además, y fundamentalmente, cómo deben ser ordenados. Obtenemos de rebote todo un tratado sintético sobre la valoración de los géneros artísticos en el siglo XVIII y sobre el papel y la estima del objeto artístico en esa retícula clasificatoria, pero fundamentalmente tenemos, y es lo que importa aquí y ahora, un lugar asignado a Vermeer en el gran sistema de las artes de las Luces que nos habla de una forma de valorar su genio[5].

Con frecuencia, los cuadros de Vermeer fueron atribuídos a otros autores. El elector de Sajonia, Augusto III, compra en 1742 Lectora frente a la ventana por que sus asesores y consejeros le han asegurado que se trata de un Rembrandt. Lo mismo le pasa a Jorge III en 1762 con La lección de música, se lo cuelan por un Frans van Mieris el Viejo. ¿Desconocían estos mercaderes lo que estaban vendiendo o existía voluntad de engaño?, si fuésemos adictos a la Teoría de la Conspiración, comenzaríamos a pensar que entre los marchantes de arte europeos alguien estaba interesado en hacer pasar las obras de Vermeer por cuadros pintados por otros artistas, tal vez más célebres y cotizados.

Pero no todo será olvido, un leve hilo de memoria se transmite a través de esta época oscura, como ya se ha visto en los casos de Dezallier o de la venta Disius; así, en 1792 Jean-Baptiste Pierre Lebrun dedica a Vermeer todo un párrafo en su Galerie des peintres flamands, hollandais et allemands junto a un grabado que reproduce El astrónomo. Ese texto nos transmite una de esas paradojas que el destino reservó a nuestro autor, nos lo presenta como a un artista desconocido al que los historiadores no mencionan pero que, sin embargo, merece toda nuestra atención por que se trata de un maestro de la luz y del verismo. Vermeer se encuentra expulsado de la letra, de los textos canónicos sobre arte, pero un recuerdo, una impresión colectiva se mantiene entre aquellos que han tenido la fortuna de contemplar una tela suya. Los profesionales del arte callan, pero los verdaderos amantes de la pintura saben que existe un tesoro de luz oculto en algunos palacios de Europa y en sus oscuras galerías[6].




[3] Vermeer solía saldar cuentas con su panadero cediéndole algunas obras.

[4] Henry Havard, «Johnannes Vermeer (Ver Meer de Delft)», Gazette des Beaux-Arts, 1883, p. p.p.389-399. La traducción es mía.

[5] Comentaré con detenimiento esta posición de Vermeer en la última parte de este ensayo

[6] La información sobre los testimonios y omisiones sobre Vermeer ha sido extraída de la monografía de Valeriano Bozal Johannes Vermeer de Delft, p.p. 43-46, TF. Editores, Madrid, 2002 y del primer artículo de Thoré-Bürger en la Gazette des Beaux-Arts, tomo 21, octubre-diciembre 1866 p. 297-330

martes, 3 de julio de 2007

Thoré-Bürger: el hombre que inventó a Vermeer, 1

Étienne Joseph Théophile Thoré fue un abogado de formación, periodista, crítico de arte y hombre de acción nacido en La Flêche en 1807 y muerto en París sesenta y dos años después. Afecto al movimiento demócrata republicano, participó en las dos revoluciones de su tiempo: la mañana en que triunfó la de 1848 (de la que había sido uno de los más fervientes publicistas) le fue ofrecida la Dirección de Bellas Artes por el Gobierno Revolucionario, ofrecimiento que rechazó para dedicarse a la redacción del periódico La verdadera república, que él mismo había fundado. Fracasada la Revolución, es condenado en mayo de 1849 por sus actividades insurgentes, viéndose obligado a exiliarse en Bruselas. En esta época adopta el pseudónimo William Bürger (Ciudadano Willian). El lugar de privilegio que ocupa en la historia de la crítica de arte se lo debe a los tres artículos que publicó, entre los meses de octubre y diciembre de 1866, en la Gazette des Beaux Arts bajo el título genérico de «Van der Meer de Delft». Allí rinde cuentas de una investigación que ha durado más de 20 años, ha recorrido los Países Bajos, Alemania, Inglaterra... visitando galerías, museos, colecciones privadas, consultado archivos, bibliotecas, testimonios... logrando rescatar al fin de un inexplicable olvido de más de dos siglos al autor de la Vista de Delft.


Por un arte republicano y realista

Como crítico, Thoré-Bürger deploraba la pintura barroca francesa considerándola un arte aristocrático demasiado dependiente de los modelos italianos, así como el academicismo del Segundo Imperio, en favor de naturalistas como Courbet (otro revolucionario cómo él, cuya pintura adoraba), Millet, o los impresionistas Monet, Manet y Renoir. Pero su gran pasión fue la pintura holandesa, en particular la del periodo republicano, considerada por él el cenit del arte de los Países Pajos. De Hooch, Hals, Fabritius, Steen, Metsu o Vermeer habrían renunciando a las escenas religiosas o a la narración de grandes sucesos históricos haciendo protagonistas de sus telas a las simples virtudes ciudadanas, inaugurando así un arte para el pueblo. Heredero de Diderot en materia de Crítica de arte, quien ya había defendido el naciente realismo de los paisajistas franceses, denuncia la enseñanza prodigada en las academias, antros aislados y cerrados al mundo, donde se marchita la creatividad y donde se enseñan «viejas formas extrañas a la vida».

Si preconiza un rol especial para el arte, es fundamentalmente por su dimensión moral: «El arte tiene por objeto la belleza y no la idea. Aunque, a partir de la belleza, el arte debe hacernos amar lo que es verdadero y justo, lo que resulta ser fecundo para el desarrollo del hombre. [...] Un retrato, un paisaje, una escena de género pueden servir a este resultado tanto como una imagen heroica o alegórica. Todo lo que expresa de una manera bien sentida un carácter profundo del hombre o de la naturaleza encierra el Ideal, por que provoca la reflexión sobre puntos esenciales de nuestra vida.» De esta forma rechaza el primado del sujeto en el cuadro: «el sujeto no importa demasiado, por mucho que revele algún elemento significativo o simpático.» Sus reflexiones le conducen a la defensa de un arte realista: «nos parece que un arte entreverado de humanidad podría en adelante reemplazar las antiguallas y las mitologerías. Yo no quiero más ninfas en los arroyos, ni hidríadas en las fuentes, nada de sirenas en el Sena, tan sólo los barqueros en blusa de franela bajo el cielo azul. Bah! ¿Y si se pintara lo que se ve respetuosa y honestamente?» La obra de Millet y Courbet, cuya originalidad tienta «a aquellos que se ocupan en contemplar una naturaleza abandonada por idealidades vagas y falaces», le ofrece el ejemplo de un arte que descubre «nuevas imágenes, enérgicas y vivaces.»[1]


Coleccionista, asesor y experto

«"Mi manía pictórica se relaciona básicamente con las obras que me han ayudado en mis estudios históricos. He reunido algunas pinturas que son interesantes desde este punto de vista, y terminaré por reunir una gallería un tanto inusual de cosas de aquí y de allí." Es lo que escribió Thoré un año después de su retorno de un exilio de diez. De vuelta en París, Bürger recupera pronto su antiguo papel como crítico de arte con una serie polémica de reseñas de los Salones, mientras continúa con sus estudios históricos y sus publicaciones, así como su enérgico coleccionismo, hasta su muerte en 1869.

Durante esta década también jugó un papel fundamental en el mercado del arte, haciéndose indispensable para muchos coleccionistas como asesor y negociador, como crítico e historiador del arte. Consultado por directores de museos, coleccionistas, marchantes, críticos, historiadores y artistas, tuvo una duradera y significante influencia en las formas en que el arte del pasado (y el de su época) fue visto, valorado e interpretado.

Bürger no tenía él mismo la capacidad financiera como para adquirir pinturas u otros objetos de arte en la misma escala en que podían hacerlo los mayores coleccionistas de Europa, algunos de los cuales habían solicitado sus servicios. No obstante, su colección, estructurada a partir de sus investigaciones y su tenaz búsqueda de las obras sobre las que escribía, pronto se desarrolló hasta convertirse en mucho más que la consabida “galería un tanto inusual de cosas de aquí y de allí”.

Muchas de las pinturas que una vez pertenecieron a Thoré-Bürger terminaron, como él había deseado, en algunas de las más importantes “galerías” -la mayoría en grandes colecciones públicas y privadas; las demás en lugares menos celebrados pero respetables. El paradero de muchas de ellas ya era, no obstante, desconocido alrededor de 1867, época en la que escribió su bien informado y animado capítulo acerca de las colecciones privadas de París para la guía que se iba a publicar coincidiendo con la Exposición Universal. Bürger incluyó su propia colección, aunque agrupándola entre las más modestas junto a las de otros autores que contribuyeron a la guía: "El mismo W. Bürger posee numerosas pinturas, la mayoría de artistas holandeses, y naturalmente él las considera las más bellas del mundo; déjenme decirles que atesora algunas rarezas interesantes para la historia de las Escuelas del Norte, entre otros, su van der Meer de Delft, su Fabritius, Metsu, Pieter de Hooch, Jan Steen, Hals, de Keyser, Rubens y Jordaens; y algunos artistas modernos: Eugène Delacroix, Théodore Rousseau, Jules Dupré, Diaz, Courbet, etc." A continuación añade que estas "simples colecciones de artistas y escritores" tan sólo son localizaciones temporales para pinturas destinadas a galerías más importantes»[2].




[1] Fuente, Encyclopedie de L’Agora, “Dossier Theophile Thoré”. Las traducciones son mías.

[2] Frances Suzman Jowell, "Thoré-Bürger's art collection: "a rather unusual gallery of bric-à-brac", en Simiolus: Netherlands quarterly for the history of art, vol.30, 2003 no. 1/2, pp.54-55. La traducción es mía.