Comienza la historia
En el momento en que Swann se da cuenta de que ya no puede fiarse de su amante, se transforma (es una de sus muchas transformaciones) en amante de la verdad. Comienza a tirar del hilo para desentrañar la madeja de una historia enmarañada. Su investigación nos hace pensar en un Proust en busca de su propia matriz narrativa, a la caza de la clave que ordene y haga avanzar la trama que se está urdiendo en su interior. Los celos del judío dilettante son un modelo para aprehender la verdad narrativa. Perseguir signos para que vayan cayendo máscaras, para ir revelando mundos; observar sobreentendidos bajo los que se revelan las leyes de lo no dicho. Swann y el mundo han sufrido una mutación; su autoconciencia como sujeto y su aprehensión del mundo exterior se han alterado. Tras conocer el contraste entre la Odette real y la imaginaria, su alma ha quedado rota. Es el precio a pagar por la revelación: en el desvelamiento de ese otro, también se revela uno como distinto. Pero tras la desolación de haber visto la imagen familiar del ser amado perderse en la tiniebla de lo imaginario, emerge con fuerza insospechada el deseo de vampirizar a ese ser nuevo, a ese completo desconocido que aparece en el horizonte. Ya no se desea un cuerpo, se desea la verdad de un mundo posible: la aparición de la celosía en el amante, supone el “despliegue de los mundos contenidos en el ser amado” (Escribe María del Mar Duró a propósito de la relación del narrador con Albertina, contada en la última parte del ciclo)[18]. Se desean esos mundos con una intensidad inversamente proporcional al aburrimiento o la indiferencia que antes producían: «[..] la curiosidad dolorosa e insaciable que yo sentía por los lugares donde Albertina había vivido, lo que pudo haber hecho, tal o cual velada, las sonrisas o las miradas que dirigió, las palabras pronunciadas, los besos recibidos [...] Cuántas personas o cuantos lugares (incluso si no la concernían directamente, vagos lugares de placer donde ella había podido gozarlo, lugares muy frecuentados y con rozamiento [...] había introducido Albertina en mi corazón desde el umbral de mi imaginación o de mi recuerdo.» (La prisionera, 369-371). Se hace necesaria la indagación, el narrar la ocultación de ese ser; desnudarlo del disfraz, levantar el velo, descorrer la cortina, retirar la pantalla tras la que se esconde, despojarlo de la máscara; se desea con mayor intensidad lo que se esconde bajo una envoltura, es como si el secreto realzara la belleza como un maquillaje del espíritu.
Cada personaje proustiano posee su “petit tas de secrets” (Malraux). El otro, incluso el más cercano, suele ser en mayor o menor medida, un desconocido; este es uno de los temas en los que el ciclo profundiza con mayor intensidad. El conocimiento de los sujetos, incluso en su vida ordinaria, sin necesidad de descender a las honduras de su espíritu y sin pretender revelar sus arcanos profundos, tropieza con multitud de obstáculos. No se trata, y aquí esta la revolución de Proust, de esas resistencias lógicas ante la revelación del secreto que al final siempre acaban cediendo, eso sería quedarnos en la pura anécdota; se trata, más bien de una ley que rige nuestra forma de percibir el mundo en virtud de la cual nos descubrimos como seres más complejos de lo que suele confesarse. «Las acciones desconcertantes de nuestros semejantes raramente nos descubren sus motivos», comenta el narrador en La prisionera . Es este un atributo de la realidad cotidiana para el cual no hay mejor tratamiento que la investigación narrativa.
Al analizar el personaje de Albertina, Gros escribe que «Toute l’histoire de La prisonnière dit assez l’incomunicabilité des êtres, donc l’instabilité de la vision que nous avons des autres: le narrateur ne saura jamais qui fut vraiment Albertine, et nous non plus.»[19] Dicha inestabilidad de la visión es causa de que el conocimiento de los otros no pueda ser intuitivo, inmediato. La percepción actual no basta en este caso, puesto que el conocimiento de los sujetos está sometido al tiempo: la revelación será gradual o no será: «Proust procède, avec ses pricipaux héros[...] à un dévoilement differé. Ils sont d’abord perçus averc leur másques[...] qu’il baisse progressivement. Il y a révélation lente, comme on dirait en photographie, le temps était le principal revelateur. [...] En ce sens La recherche c’est l’histoire des effets de la durée sur la conaissance des personages, avec tout que cela peut comporter de changements, d’inversions, d’erreurs rectifiées»[20]. Los sujetos son plurales en el tiempo, no permanecen los mismos, sino que van mostrando sucesivamente caras distintas a lo largo de sus vidas; sólo pueden ser conocidos en la duración. La máscara es una solución al deseo inútil de los seres de permanecer idénticos a sí mismos o a la constricción exterior que los conmina a permanecer iguales, a ser percibidos tal y como fueron. El destino de toda máscara es caer del rostro, el de todo secreto ser revelado. El monolito de la subjetividad estalla cuando se cae la máscara. El resultado es “una imagen de la fascinación”, lo cercano se torna extraño, lo conocido, oscuro. La duración nos ayuda a entender que conocer a un individuo no es sino admitir que es muchos. El tiempo es un sexto sentido desconocido que se encarga de recomponer los desarreglos, las infidelidades de los otros cinco: «[...] la durée est nécesaire [...] parce que, seule, elle donne la perspective, rectifie les erreus de la vision.»[21] Sólo la percepción en el tiempo puede hacer justicia a la vida de los sujetos, a las muchas vidas que son capaces de vivir. La percepción en tiempo real de los sentidos puede bastar para aprehender los objetos, pero la facultad de conocimiento de los sujetos sólo puede residir en la memoria y su capacidad de diferir la percepción: «La realité ne se forme que dans la memoire [...]»[22]. Del instante sólo podemos esperar una perplejidad parecida a la que nos asalta al contemplar las telas de Vermeer.
[18] En su antología, dividida en temas, sobre A la búsqueda del tiempo perdido: De la imaginación y del deseo,
[19] Bernard Gros, Profil d’Á la recherche, p. 38
[20] Ídem
[21] idem
[22] idem










